Viracocha


El Dios Viracocha Pachayachachic creó al mundo y todo lo que hay en él. Por eso, su nombre significa maestro y creador de todas las cosas. No obstante, cuenta la leyenda que los primeros pobladores del mundo lo menospreciaron y prefirieron adorar los ríos, montes, peñascos y todo cuanto veían en la naturaleza.


Herido y muy enojado por la ingratitud de los hombres, el Dios Viracocha mandó tremendos rayos para asustarlos, pero su iniquidad no cesó. Al ver que su castigo había sido inútil, provocó un aguacero tan fuerte que fue denominado pachacuti o “agua que trastorna la tierra”.

Según dicen, la tormenta duró sesenta días y sesenta noches, de manera que arrasó con todo lo creado.

Viracocha permitió que algunos hombres se salvaran de aquella catástrofe, permitiéndoles resguardarse en altísimos árboles o en algunas cuevas y grutas que se ubicaban en las cimas de los montes, donde el agua no llegó con tanta fuerza.

Cuando terminó la lluvia, Viracocha les permitió que volvieran a poblar la tierra. Así fue como la vida resurgió; sin embargo, con el paso del tiempo, estos hombres también olvidaron a Viracocha y nuevamente, como sus antepasados, comenzaron a adorar a los montes, árboles y cuevas, pensando que gracias a éstos, los hombres se habían salvado del Pachacuti.

Hicieron ídolos y adoratorios en los lugares donde se habían refugiado del holocausto, pero su Dios convirtió a todos en piedra porque fueron tan necios que no comprendieron su mensaje ni con los rayos ni los aguaceros.

No quedó nada en la tierra. Antes de crear el sol, las estrellas y la luna, Viracocha se fue al lago Titicaca, uno de los lugares más hermosos del mundo. Allí metió la mano hasta las profundidades y sacó al sol, la luna y millones de estrellas. Les ordenó que subieran al cielo.

Dicen que creó a la luna con más brillo que el sol, por lo que éste se enojó mucho y lanzó un puñado de cenizas sobre la luna.

Así fue como la luna se quedó opaca para siempre.

Viracocha había decidido crear nuevamente al hombre y por eso sacó al sol, la luna y las estrellas del lago Titicaca con la finalidad de que el cielo estuviera iluminado y diera claridad a la tierra.

De los tres hombres que guardó para que le sirvieran y ayudaran a crear a la nueva gente, llamó a uno Taguapacac, quien resultó ser un hombre muy flojo que se resistía a obedecer a Viracocha.

Por ese motivo, Viracocha mandó a dos criados para que lo ataran de manos y lo arrojaran al lago.

Posteriormente, este Dios creó unos gigantes para que poblaran la tierra y después pensó que no era bueno que los hombres fueran tan grandes, así que los destruyó. Con la ayuda de sus criados hizo al hombre de un tamaño menor.

Aún se encontraban en el lago Titicaca, cuando el Dios mandó a los hombres a poblar la tierra. Antes de que partieran, les otorgó el lenguaje para que pudieran comunicarse y en Tihuanaco hicieron edificios en su honor. En el pueblo de Urcos – seis leguas al sur de Cuzco – le hicieron una huaca o estatua para adorarle y ofrecerle objetos ricos en oro y otros metales.

En Tihuanaco el Dios esculpió en unas losas grandes a todas las naciones que pensaba crear y mandó a sus dos criados a avisar a la gente, cuáles eran las provincias que debían habitar. A cada uno los mandó por diferentes caminos. Uno de ellos se fue por la sierra o cordillera llamada “Cahezadas de los llamaos” que llega hasta el mar del sur. El otro, se fue en dirección a la sierra que cae sobre las espantables montañas que hoy llaman los Andes. Viracocha al igual que sus criados, iba indicando por un camino intermedio, cuáles eran las provincias que se debían habitar. A sus llamados, todos obedecían y salían de los valles, cuevas, montes y peñas.

Así fue como poblaron las naciones de Perú y Bolivia.




Fuentes: 
Nélida Galván Macías – Mitología de América para niños.

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